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martes, 21 de abril de 2026
luns, 13 de abril de 2020
En la batalla contra el coronavirus, la humanidad carece de líderes. Yuval Noah Harari
El antídoto contra la epidemia no es la segregación, sino la cooperación.
Mucha gente culpa de la epidemia de coronavirus a la globalización y
dice que la única forma de impedir que haya más brotes de este tipo es
desglobalizar el mundo. Construir muros, restringir los viajes,
disminuir el comercio. Sin embargo, aunque en estos momentos la
cuarentena es fundamental para detener la epidemia, instaurar el
aislacionismo a largo plazo provocará un derrumbe económico y no
proporcionará ninguna protección genuina contra las enfermedades
infecciosas. Todo lo contrario. El verdadero antídoto contra una
epidemia no es la segregación, sino la cooperación.
Las
epidemias mataban a millones de personas mucho antes de la era de
globalización actual. En el siglo XIV no había aviones ni grandes barcos
y, pese a ello, la peste negra se propagó desde el este de Asia hasta
Europa occidental en poco más de un decenio. Causó la muerte de entre 75
y 200 millones de personas, más de un cuarto de la población de
Eurasia. En Inglaterra, fallecieron 4 de cada 10 personas. La ciudad de
Florencia perdió a 50.000 de sus 100.000 habitantes.
Entre
los que desembarcaron en México en marzo de 1520 había un único
portador de la viruela, Francisco de Eguía. En aquella época, por
supuesto, no existían en Centroamérica trenes ni autobuses, ni siquiera
burros. Pese a ello desde entonces hasta diciembre, la epidemia de
viruela asoló toda la región y mató, según algunas estimaciones, a un
tercio de su población.
En 1918, una cepa especialmente virulenta de la gripe consiguió
propagarse en pocos meses hasta los rincones más remotos del mundo.
Infectó a 500 millones de personas, más de la cuarta parte de la especie
humana. Se calcula que la gripe mató al 5% de la población de la India.
En la isla de Tahití murió el 14%, en Samoa el 20%. En conjunto, la
pandemia causó la muerte de decenas de millones de personas —quizá hasta
100 millones— en menos de un año. Más muertes que la Primera Guerra
Mundial en cuatro años de brutales combates.
En el siglo transcurrido desde 1918, la humanidad se ha vuelto cada
vez más vulnerable a las epidemias, debido a una mezcla de aumento de la
población y mejores transportes. Una metrópolis moderna como Tokio o
Ciudad de México ofrece a los patógenos unos cotos de caza mucho más
ricos que la Florencia medieval, y la red mundial de transportes es
mucho más rápida que en 1918. Un virus puede abrirse camino desde París
hasta Tokio y México en menos de 24 horas. Por consiguiente, deberíamos
haber previsto la posibilidad de vivir en un infierno infeccioso, con
una plaga mortal detrás de otra. Sin embargo, tanto la incidencia como
las repercusiones de las epidemias han disminuido de forma espectacular.
A pesar de brotes horribles como el sida y el ébola, en el siglo XXI
las epidemias matan a muchas menos personas que en ninguna otra etapa de
la historia. El motivo es que la mejor defensa que tienen los seres
humanos frente a los patógenos no es el aislamiento, sino la
información. La humanidad está ganando la guerra a las epidemias porque,
en la carrera de armamentos entre los patógenos y los médicos, los
primeros solo pueden recurrir a mutaciones ciegas, mientras que los
segundos cuentan con el análisis científico de la información.
Cuando golpeó la peste negra, en el siglo XIV, la gente no tenía ni
idea de qué la causaba ni cómo curarla. Hasta la época moderna, los
seres humanos solían achacar las enfermedades a los dioses airados, los
demonios perversos o los malos aires, y ni sospechaban la existencia de
bacterias y virus. La gente creía en ángeles y hadas, pero no era capaz
de imaginar que una sola gota de agua pudiera contener toda una flota de
depredadores letales. Por eso, cuando aparecían la peste negra o la
viruela, lo máximo que se les ocurría a las autoridades era organizar
rezos masivos a diversos dioses y santos. Y eso no servía de nada. De
hecho, cuando la gente se reunía para los rezos masivos, la infección
solía propagarse.
Durante el último siglo, científicos, médicos y enfermeros de todo el
mundo han reunido e intercambiado informaciones que les han permitido
comprender el mecanismo de actuación de las epidemias y los métodos para
contrarrestarlas. La teoría de la evolución explicó cómo y por qué
aparecen enfermedades nuevas y las viejas se vuelven más virulentas. La
genética permitió que los científicos examinaran el propio manual de
instrucciones de los patógenos. Mientras que, en la Edad Media, nunca
descubrieron qué causaba la peste negra, los científicos actuales no
tardaron más que dos semanas en identificar el coronavirus, secuenciar
su genoma y desarrollar una prueba fiable para identificar a las
personas infectadas.
Cuando los científicos comprendieron lo que causan las epidemias, les
fue mucho más fácil luchar contra ellas. Las vacunas, los antibióticos,
más higiene e infraestructuras médicas mucho mejores han permitido que
la humanidad ganara la partida a sus depredadores invisibles. En 1967
hubo 15 millones de personas contagiadas de viruela, de las que murieron
dos millones. En la década posterior se desarrolló una campaña mundial
de vacunación con tanto éxito que, en 1979, la Organización Mundial de
la Salud declaró que la humanidad había vencido y la viruela había
quedado completamente erradicada. En 2019 no hubo ni una sola persona
infectada ni fallecida por la viruela.
¿Qué nos enseña la historia a la hora de afrontar la epidemia actual de coronavirus?
En primer lugar, nos da a entender que no podemos protegernos
cerrando de forma permanente nuestras fronteras. Recordemos que las
epidemias se propagaban con rapidez ya en la Edad Media, mucho antes de
la era de la globalización. Por tanto, aunque situáramos nuestras
conexiones internacionales a la altura de las de Inglaterra en 1348, eso
no bastaría. Si queremos un aislamiento que nos proteja de verdad, no
basta con la época medieval. Tendríamos que volver a la Edad de Piedra.
¿Somos capaces de hacerlo?
Segundo, la historia indica que la auténtica protección se obtiene
con el intercambio de informaciones científicas fiables y la solidaridad
mundial. Cuando un país sufre una epidemia, debe estar dispuesto a
compartir las informaciones sobre el brote con sinceridad y sin miedo a
la catástrofe económica, mientras que otros países deben poder fiarse de
esas informaciones y no repudiar a la víctima, sino ofrecer su ayuda.
Hoy, China puede impartir a todos los países muchas lecciones
importantes sobre el coronavirus, pero eso requiere mucha confianza y
cooperación.
Esa cooperación internacional se necesita también para que las
medidas de cuarentena sean eficaces. Las cuarentenas y los aislamientos
son esenciales para detener las epidemias. Pero, cuando los países
desconfían unos de otros y cada uno piensa que está solo, los Gobiernos
no se deciden a tomar unas medidas tan drásticas. Si descubriéramos 100
casos de coronavirus en nuestro país, ¿cerraríamos de inmediato ciudades
y regiones enteras? En gran parte, depende de lo que esperemos de otros
países. El cierre de las ciudades puede conducir a la crisis económica.
Si pensamos que otros países nos van a ayudar, será más probable que
tomemos una decisión tan radical. Pero, si creemos que los demás países
van a abandonarnos, seguramente vacilaremos y cuando actuemos será
demasiado tarde.
Lo más importante que tiene que saber la gente sobre las epidemias es
quizá que la propagación de la enfermedad en cualquier país pone en
peligro a toda la especie humana. El motivo es que los virus
evolucionan. Los virus como el corona tienen su origen en animales, por
ejemplo, los murciélagos. Cuando pasan a los humanos, están mal
adaptados a sus organismos. Luego, sufren mutaciones ocasionales al
duplicarse. En su mayoría son inocuas, pero, de vez en cuando, una
mutación vuelve al virus más infeccioso o más resistente al sistema
inmunitario humano, y entonces esa cepa mutante se propaga a toda
velocidad entre la población. Dado que una sola persona puede albergar
billones de virus en proceso constante de duplicación, cada persona
infectada ofrece al patógeno billones de oportunidades para adaptarse
más a los seres humanos. Cada portador es como una máquina de juegos que
proporciona al virus billones de boletos de lotería, y al virus le
basta con que uno de ellos sea ganador para salir adelante.
Estas no son meras especulaciones. El libro de Richard Preston Crisis in the Red Zone
(Crisis en la zona roja) describe una cadena de acontecimientos similar
en la epidemia de ébola de 2014. El brote estalló cuando unos virus de
ébola saltaron de un murciélago a una persona. Eran unos virus con los
que la gente enfermaba gravemente, pero que seguían estando más
adaptados a vivir en los murciélagos que en los humanos.
Lo que hizo que el ébola pasara de ser una enfermedad relativamente
infrecuente a ser una epidemia brutal fue una sola mutación en un solo
gen de un solo virus de ébola en una sola persona, en algún punto de la
región de Makona, en África occidental. La mutación permitió que la
nueva cepa —la cepa de Makona— se vinculara a las moléculas
transportadoras del colesterol, que, en lugar de colesterol, empezaron a
introducir ébola en las células. Como consecuencia, la cepa de Makona
se volvió cuatro veces más infecciosa.
Es posible que, mientras leen ustedes estas líneas, se esté
produciendo una mutación similar en un solo gen del coronavirus que
contagió a alguna persona en Teherán, Milán o Wuhan. De ser así, se
trata de una amenaza no solo para los iraníes, los italianos y los
chinos, sino para todos nosotros. La gente de todo el mundo tiene el
mismo interés, a vida o muerte, en no dar al coronavirus esa
oportunidad. Y eso significa proteger a todas las personas en todos los
países.
En los años setenta del siglo pasado, la humanidad consiguió derrotar
al virus de la viruela porque se vacunó a todo el mundo, en todas
partes. Con que un solo país no hubiera vacunado a su población, podría
haber puesto en peligro a toda la humanidad, porque, mientras el virus
de la viruela existiera y evolucionara en algún sitio, siempre podría
propagarse a todas partes.
En la lucha contra los virus, la humanidad necesita vigilar
estrechamente las fronteras. Pero no las fronteras entre países, sino la
frontera entre el mundo humano y el mundo de los virus. El planeta
Tierra está lleno de innumerables virus, y constantemente aparecen y
evolucionan muchos nuevos debido a las mutaciones genéticas. La línea
que separa esta virusfera del mundo humano se encuentra en el interior
del cuerpo de todos los seres humanos. Si un virus peligroso consigue
atravesar esa línea en cualquier lugar de la Tierra, pone en peligro a
toda la especie humana.
En el último siglo, la humanidad ha fortificado esa frontera como
nunca lo había hecho. Los sistemas modernos de salud se han construido
para amurallar esa frontera, y los enfermeros, médicos y científicos son
los guardias que patrullan y repelen a los invasores. Sin embargo, la
frontera tiene grandes trechos que, por desgracia, están al descubierto.
En el mundo hay cientos de millones de personas que carecen de la
sanidad más básica, y eso es un riesgo para todos. Estamos acostumbrados
a hablar de los sistemas de salud desde el punto de vista nacional,
pero proporcionar una sanidad mejor a los iraníes y los chinos también
contribuye a proteger a los israelíes y los estadounidenses de una
epidemia. Esto debería ser evidente para todos, pero lamentablemente es
algo que se les escapa incluso a algunas de las personas más importantes
del mundo.
La humanidad afronta hoy una grave crisis, no solo debido al
coronavirus, sino también por la falta de confianza entre las personas.
Para superar una epidemia, la gente necesita confiar en los expertos
científicos, los ciudadanos necesitan confiar en las autoridades y los
países necesitan confiar unos en otros. En los últimos años, unos
políticos irresponsables han socavado deliberadamente la fe en la
ciencia, las autoridades públicas y la cooperación internacional. Así
que ahora nos enfrentamos a esta crisis sin ningún líder mundial capaz
de inspirar, organizar y financiar una respuesta global coordinada.
Durante la epidemia de ébola de 2014, Estados Unidos desempeñó ese
liderazgo. También lo hizo durante la crisis financiera de 2008, y
consiguió poner de acuerdo a suficientes países para evitar una crisis
económica mundial. En los últimos años, por el contrario, Estados Unidos
ha renunciado a ese papel. El Gobierno actual ha recortado las ayudas a
organizaciones internacionales como la OMS y ha dejado muy claro que
Estados Unidos no tiene amigos, solo intereses. Cuando estalló la crisis
del coronavirus, EE UU se mantuvo al margen, y hasta ahora se ha
resistido a tomar la iniciativa. Incluso aunque al final quiera hacerlo,
la confianza en el Gobierno estadounidense actual se ha erosionado
hasta tal punto que pocos países estarían dispuestos a dejarse guiar por
él. ¿Seguiríamos a un jefe cuyo lema es “Yo el primero”?
El vacío dejado por Estados Unidos no lo ha llenado nadie. Todo lo
contrario. La xenofobia, el aislacionismo y la desconfianza son hoy las
principales características del sistema internacional. Sin confianza y
solidaridad mundial no podremos detener la epidemia de coronavirus, y
seguramente veremos más epidemias de este tipo en el futuro. Pero cada
crisis representa también una oportunidad. Confiemos en que la actual
ayude a la humanidad a ver el grave peligro que constituye la desunión.
Por ejemplo, la epidemia podría servir para que la UE recupere el
apoyo popular que ha perdido en años recientes. Si los miembros más
afortunados de la Unión se apresuran a enviar dinero, material y
personal médico rápidamente a sus socios más golpeados, eso probaría el
valor del ideal europeo mejor que todos los discursos. Si, por el
contrario, se deja que cada país se las arregle como pueda, la epidemia
podría anunciar el fin de la Unión Europea.
En este momento de crisis, la batalla crucial está librándose dentro
de la propia humanidad. Si la epidemia crea más desunión y desconfianza
entre los seres humanos, el virus habrá obtenido su mayor victoria.
Cuando los humanos se pelean, los virus se duplican. En cambio, si la
epidemia produce una mayor cooperación mundial, esa será una victoria no
solo contra el coronavirus, sino contra todos los patógenos futuros
martes, 5 de febreiro de 2019
Faladoiro (lugar no que se murmura).
SOBRE LA POLARIZACIÓN ACTUAL DE LA POLÍTICA Y LA VIDA. dos artículos, uno Sánchez Cuenca, otro Jordí évole.
La polarización política puede ser definida como el vaciamiento de posiciones moderadas o centristas en beneficio de posiciones extremas. Ello han contribuido hoy en el mundo el enfrentamiento entre de los dos partidos americanos, de las apariciones de Podemos y Vox, así como la cuestión catalana.Todo ello provoca un clima que desemboca en la intransigencia política o lo que es lo mismo las descalificaciones sectarias y un tono general de confrontación, como conclusión una situación en la que es difícil llegar al consenso.
Esta situación fue la que imperó en Europa en los años veinte y treinta con las conclusiones que conocemos. Esta situación impidió en esta época una alianza entre clases sociales que pudiese dar una estabilización al sistema político. No fue así y la polarización fascismo/comunismo tuvo sus resultados.
Ahora bien, no podemos sacar conclusiones de esos años para la situación actual, afortunadamente. La situación de polarización actual existe pero es más artificial que real, es más espuma. No hay modos nuevos de organización social detrás de los polos de enfrentamiento. Nadie pone en duda la democracia representativa ni el sistema capitalista.
Esta polarización actual no es buena y provoca más enfrentamientos culturales e ideológicos que de fondo en cuanto al modelo económico.
Como causas de la misma, Cuenca, nos relata que son : el déficit democrático, la falta del poder real de los gobiernos que tienen muy poco margen de decisión, lo cual deja el debate de fondo en periferias culturales e ideológicas. Miremos para el panorama político actual español y lo comprobaremos de forma clara.
Más causas que alimentan esta artificial polarización son las redes sociales y las fake news. En este campo las ideas de la derecha y la derecha más extrema se han propagado de forma exponencial, copando las redes de información en la misma cocina del votante con consignas falsas muchas veces pero las más polarizadas en aquellos temas más sensibles y que bien adornados pueden encender la mecha del enfrentamiento.
Tiene mucha importancia también el mundo globalizado, el neoliberalismo como ideología del orden existente, que transmite la idea de polarización y de enemigo al que niegue esta existencia.
El caso es que esta polarización se transmite al terreno más personal de los ciudadanos que al situarse a uno u otro lado de los polos, presentan una sociedad que intensifica la diferencia entre individuos.
En esta misma línea y enlazando con el articulo DE JORDI ÉVOLE, digamos que no son buenos tiempos para los matices o estas a favor del independentismo catalán o no, o estás con los taxis o con los VTC, aquí no hay términos medios. O estás o no estás con la oposición en VENEZUELA, si no estás es que estás con Maduro y punto. Es tal cual, y se nota desde las conversaciones de café hasta las tertulias de las televisiones y radios.
Aquellos conciliadores de la transición, el consenso, el intentar ver en el otro algo que nos uniera par avanzar en lo común desde el respeto al diferente, hoy no vale. Conozco a una persona que por considera lo que eres por la gente que sigue en Twiter y aunque le muestres que sigues a Abascal y a Pablo Iglesias a la vez, no le vale, porque el pecado es para el que sigas a Pablo Iglesias, en este caso. Y uno se pregunta , si no sabes lo que dice, o al menos un poquito, como es que puedes opinar con tanta virulencia de lo que dice. No importa lo que diga, no quiere ni verlo, el ya através de sus grupos de Wasap recibe lo que necesita, o sea la información que precisa y por encima se la dan ya masticada y adobada con sus fake news, chistes complementarios etc. Ya par que no tenga que pensar y entre directamente en eficacia y sentencie. " a la hoguera".
¡Oh España de la vieja Santa Inquisición porque no te liberarás de tus viejos fantasmas¡.
LOS CEREBROS HAKEADOS VOTAN. YUVAL NOAH HARARI. El país 06/01/2018
Me reconozco admirador de YUVAL. He leído , y releido, sus dos libros de mayor éxito y disfruto con esa visión sociológica e histórica de la historia pasada y futura sobre la humanidad y del hombre. Visión atrevida, pero razonable aunque aveces parezca de ciencia-ficción en cuanto al futuro se refiere.
Uno de sus Leif-motiv de sus ensayos es la insistencia en el futuro relacionado con el control del cerebro humano. Ya sea a través de las drogas o la robótica en un mundo plenamente tecnológico. Su fe en el futuro de las drogas y el pesimismo sobre el control robótico de la humanidad dan miedo, pero es para pensarlo. En esta continuidad de pensamiento, se refiere un poco a todo este artículo que comentamos, pero centrado en algo bien concreto como es la relación del control del cerebro humano por otros entes y el voto político de las democracias liberales actuales.
LA LIBERTAD HUMANA ESTA EN JUEGO, comienza Yuval. Y lo está por los nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos. Él, Yuval, que parte en sus teorías sobre el hombre de que es fundamentalmente un conjunto bio-quimico que reacciona como tal a sus influencias bioquímicas dando poco margen a su libre albedrio. El que une las constantes genéticas a las citadas bioquímicas, que disminuyen el factor del libre albedrio en las decisiones humanas. Con su pesimismo existencial , Yuval, nos viene a decir que la libertad de elección y el pensamiento y discrecionalidad es una quimera. Si si a ese individuo bio-químico, mediatizado , le insuflamos un ambiente tecnológico y robotizado en el futuro, el resultado es alarmante.
Es en este punto donde pongo discrepancia o mejor dicho, duda, sobre el pensamiento de YUVAL, no sólo porque el salto parece muy fuerte, más allá de su crueldad y radicalidad, sino también por la falta de optimismo antropológico, que nos aboca a la desolación.
Yuval, entra en materia repitiendo sus máximas sobre el liberalismo. Primero definiendo que el liberalismo es el pensamiento heredado y la gasolina con que funcionan las democracias liberales actuales. Para entendernos, en su concepto somos todos liberales, olvidándonos de la oposición liberal/conservador. Ese LIBERALISMO ha aguantado o resistido a la demagogia de siglos de dictadores y autócratas que han intentado eliminar la libertad desde fuera. Eso está claro y es detectable por el liberalismo actual. Ahora bien, el liberalismo hoy no sabe como defenderse de tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.
El liberalismo defiende la libertad humana porque considera al hombre superior a las demás especies animales. Y como ya hemos dicho, Yuval , en esto es transgresor al negar la mayor. Los sentimientos y las decisiones humanas son consideradas como la máxima autoridad política y moral en el mundo actual. Para Yuval, como explica en sus libros, este mito de liberalismo está fundamentado en la teología cristiana que concede a Dios la facultad de castigar o premiar al pecador o al buen creyente.
El hombre tiene voluntad pero no es libre. Sus pensamientos y deseos no le ocurren porque el quiere, el no los elije. Le aparecen per se, por su condición bio-química.
El libre albedrío fue útil. Gracias a el se luchó contra ideas como el Ku-Klus Klan o contra la homofóbía etc. pero hoy día el más manipulable es el que crea en el libre albedrío. Porque una persona que toma un decisión, compra algo etc. se ve satisfecha consigo mismo si lo ha hecho por su libre albedrio, aunque considere que está mal, le reconforta la idea de que lo ha hecho por que si, por su libre albedrio. Sin duda el escéptico del libre albedrio, dirá que no ha examinado que esa decisión es fruto de influencias o de sus propio carácter etc.
Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero ve un titular y la segunda, en cambio, otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que pinchemos en determinados anuncios y así vendernos cosas. El mejor método es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías.
Es especialmente importante conocer nuestros puntos débiles porque son las principales herramientas de quienes intentan piratearnos. Los ordenadores se piratean a través de líneas de código defectuosas preexistentes. Los seres humanos, a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes. Los piratas no pueden crear miedo ni odio de la nada. Pero, cuando descubren lo que una persona ya teme y odia, tienen fácil apretar las tuercas emocionales correspondientes y provocar una furia aún mayor.
La inteligencia artificial y la bioingeniería están a punto de cambiar el curso de la evolución, nada menos, y no tenemos más que unas cuantas décadas para decidir qué hacemos. No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será de relatos de hace 2.000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores.
¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.
xoves, 1 de xuño de 2017
YUVAL NOAH HARARI. SAPIENS. HOMO DEUS.
Este homem, historiador e professor na Universidade Hebraica de Jerusalém, escreveu um livro brilhante,: Sapiens – História breve da humanidade.
O segundo – Homo Deus, que é hoje motivo para
Entrevista no jornal DN em Portugal.
O historiador judeu, é homem de moda hoje. O grande sucesso do seu livro SAPIENS, especialmente quando grandes personagenes do mundo político actual vieram a dizer que era o seu livro de cabeceira neste momento.
Não li o livro, mas o tema a tratar é moito do meu gosto pelo que fica adiada a sua leitura, espero que quanto antes, e então deixarei aqui uma pequena opinião ou comentário. Depois do êxito e popularidade de SAPIENS, acaba de publicar HOMO DEUS, do que opina e muito na entrevista marcada do jornal DN. É muito interessante a entrevista e o tema que toca, ainda que arrepia um bocado o futuro que transmite. Do futuro admito as elucubrações que se quiserem mas não sou confiante no que se diz, acho que são muitas as variáveis que podem surgir na vida para ser capaz ninguém de fazer prognósticos, embora para vender um livro e comum o arriscar em asseverações e pequenas iluminações, Orwell adiantou-se o seu tempo, Júlio Verne também, espero que este simpático historiador gay judeu erre um bocado na sua perspectiva do HOMO DEUS.
Não li o livro, mas o tema a tratar é moito do meu gosto pelo que fica adiada a sua leitura, espero que quanto antes, e então deixarei aqui uma pequena opinião ou comentário. Depois do êxito e popularidade de SAPIENS, acaba de publicar HOMO DEUS, do que opina e muito na entrevista marcada do jornal DN. É muito interessante a entrevista e o tema que toca, ainda que arrepia um bocado o futuro que transmite. Do futuro admito as elucubrações que se quiserem mas não sou confiante no que se diz, acho que são muitas as variáveis que podem surgir na vida para ser capaz ninguém de fazer prognósticos, embora para vender um livro e comum o arriscar em asseverações e pequenas iluminações, Orwell adiantou-se o seu tempo, Júlio Verne também, espero que este simpático historiador gay judeu erre um bocado na sua perspectiva do HOMO DEUS.
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